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Parafraseando al presidente de Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt, 2020 es un año que perdurará en la infamia y será recordado para siempre del mismo modo que 1918, cuando una pandemia de influenza mató a millones de personas alrededor del mundo. Poco más de un siglo después surgió en China el virus SARS-CoV-2 y se propagó rápidamente por todo el mundo, devastando poblaciones, reduciendo los traslados y cerrando negocios.

Aunque la pandemia de covid-19 es -por mucho- el hecho histórico más importante de 2020, hubo otros acontecimientos en Asia Pacífico que llamaron la atención del mundo. Los informes de este Anuario detallan la evolución de los países de la región. Los artículos de este número se centran en cuestiones de seguridad humana que incluyen el efecto de la pandemia en las relaciones entre Estados Unidos y China -un caso de seguridad humana que afecta las relaciones de seguridad tradicionales-, los efectos del cambio climático y los incendios forestales australianos, el conflicto religioso en India y la seguridad sexual en Indonesia. En muchos aspectos, la democracia y la libertad han disminuido en la región, una tendencia preocupante que puede tener implicaciones para la seguridad humana.

La covid-19 en perspectiva comparada

Esta sección no pretende ser un examen exhaustivo del número de víctimas de covid-19 ni un análisis comparativo final, sino que pretende ser meramente informativo y ofrecer ideas básicas sobre la pandemia y sus efectos en Asia Pacífico. Ciertamente, en los próximos años habrá estudios más profundos de países que ofrecerán individualmente una imagen más completa.

Combinando las Oficinas Regionales del Pacífico Occidental y del Sudeste Asiático de la Organización Mundial de la Salud (esta última incluye India, Bangladesh, Bután, Nepal, Maldivas y Sri Lanka), que cubren Asia Pacífico en su conjunto, la región representó 13% de las infecciones globales (12% en el Pacífico Occidental, 1% en el Sudeste Asiático) y 10% de las muertes (9% y 1%, respectivamente) hasta marzo de 2021. La mayoría de las infecciones y muertes ocurrieron en las Américas y Europa (45% y 47%, respectivamente; ambos al 34%). Por lo tanto, a pesar de estar más cerca de la fuente de la infección, a los residentes de la región Asia Pacífico les fue mucho mejor que a sus contrapartes en las Américas y Europa (PAHO 2021).

El Centro de Investigación del Coronavirus Johns Hopkins enumera tanto los casos de enfermedad como las muertes, pero también calcula la tasa de muerte por cada 100 casos confirmados y el número de muertes por cada 100 000 personas (Johns Hopkins 2021). La primera se entiende más simplemente como una medida de la capacidad de atención de la salud y de tratar a los infectados, aunque también intervienen otras variables: la edad de la población, el número de personas examinadas y el espacio hospitalario. El segundo se entiende como un indicador de la propagación de la enfermedad, aunque sean relevantes los factores antes mencionados y quizá otros.

En los tres países con más muertes, Estados Unidos, México y Brasil, las muertes por cada 100 son 1.8, 8.9 y 2.4, respectivamente, y las infecciones por cada 100 000 personas son 158.43, 149.02, 123.78. En Asia Pacífico las cifras se muestran en el siguiente cuadro (Corea del Norte, Camboya, Laos y Timor-Leste no están incluidos, pero, según se informa, cada uno tiene pocas infecciones y ninguna muerte, aunque no tienen pruebas generalizadas):

País Muertes por 100 Infecciones por 100 000 Estados Unidos 1.8 158.43 México 8.9 149.02 Brasil 2.4 123.78 Australia 3.1 3.64 Brunéi 1.6 0.7 China 4.8 0.35 India 1.4 11.63 Indonesia 2.7 13.72 Japón 1.9 6.38 Malasia 0.4 3.64 Myanmar 2.3 5.96 Nueva Zelanda 1.1 0.53 Filipinas 2.1 11.62 Singapur 0 0.51 Corea del Sur 1.8 3.14 Tailandia 0.3 0.12 Vietnam 1.4 0.04 FUENTE: Johns Hopkins 2021.

En pocas palabras, en el transcurso del año era mucho más probable que uno muriera en China si estaba infectado, pero era mucho menos probable que se infectara que en India, Filipinas, Indonesia o Japón.

Los expertos han especulado entorno al porqué. Algunos han señalado una voluntad cultural o social de usar mascarillas en público para frenar la propagación del virus (Zheng 2020; Ryall 2020). Otros han notado la politización del virus: los presidentes Donald Trump, Andrés Manuel López Obrador y Jair Bolsonaro en los tres países más afectados -Estados Unidos, México y Brasil, respectivamente- minimizaron el riesgo de infección y los costos económicos de prevenir la propagación. En Estados Unidos hubo protestas armadas contra las restricciones y el uso de mascarillas. Los países europeos también experimentaron resistencia a las medidas preventivas, tal vez de formas no vistas en Asia Pacífico.

Cabría esperar que los Estados más pequeños tuvieran un número menor de víctimas y, de hecho, éste es el caso de Brunéi, Singapur y Nueva Zelanda. Y en Asia Pacífico se esperaría que países más poblados como Indonesia y China tuvieran más víctimas.

Otros factores son ciertamente relevantes y podrían incluir el ingreso per cápita (los ciudadanos de países ricos tienen más probabilidades de viajar internacionalmente, por ejemplo), la geografía (Estados insulares aislados como Nueva Zelanda y Estados más pequeños con fronteras fáciles de manejar como Singapur), densidad de población, disponibilidad y efectividad del sector médico, entre otros. El tipo de régimen también es un factor potencial (Fenner 2020). Y como la investigación comparada ha demostrado en otras crisis, la cantidad de puntos de veto, o bien, cuántos cuerpos en un sistema político contribuyen en el bloqueo de las políticas, puede afectar la respuesta (Wagner y Kneip 2020).

Las reacciones ante el virus variaron y diversos gobiernos minimizaron la gravedad, lo que sin duda condujo a un aumento en el número de enfermos y de fallecimientos. Estados Unidos, Brasil y México refutaron datos científicos y consejos basados en la ciencia sobre cómo controlar la pandemia y promovieron curas sin evidencia científica. En los países más afectados, los líderes dijeron a las personas que ignoraran las advertencias de los funcionarios de salud. Trump, López Obrador y Bolsonaro eventualmente se infectaron.

El costo personal en 2020 fue inmenso. Según la Organización Mundial de la Salud, el número oficial de personas infectadas es de 115 653 459 y el número de muertos es de 2 571 823 (World Health Organization, 2021).1 Sin embargo, se cree que estas cifras están subestimando enormemente el número de víctimas por una variedad de razones, principalmente por las pruebas limitadas de las víctimas, sobre todo en los primeros meses del virus (aunque sigue habiendo carencia de pruebas de detección en muchos lugares). Varios estudios indican que, en varios países individuales, la tasa de muerte para 2020 superó con creces el promedio de muertes esperadas, aunque la relación con la covid-19 puede haber sido indirecta. El aislamiento, la pobreza, la falta de atención médica a otras afecciones, y las conspiraciones y el miedo que mantuvieron a algunas personas alejadas de los hospitales probablemente también contribuyan. Y, a pesar del despliegue de programas de vacunación en toda la región, el virus continúa enfermando y matando personas a un ritmo vertiginoso. Por lo tanto, el número de muertos seguirá aumentando en el futuro previsible.

La Ciudad de México es ilustrativa en este sentido. La covid-19 ha devastado las zonas más pobres de la metrópoli donde la gente vive al día y no puede permitirse el lujo de faltar al trabajo. Y muchos laboran en áreas públicas abiertas, lo que agrava la propagación del virus. La reacción pública nacional inicial al virus, liderada por López Obrador, minimizó el riesgo. El presidente animó a la gente a seguir saliendo a la calle, visitar restaurantes y usar remedios caseros o amuletos para protegerse de la enfermedad (Morales y Villa y Caña 2020). Mucha gente probablemente minimizó el riesgo, siguiendo el ejemplo de su presidente.

Pero, con la falta de información verificable proveniente de fuentes creíbles, la desinformación, los rumores y las teorías conspirativas se multiplicaron. Una de esas teorías declaró que había una cuota de personas que necesitaban morir y la covid-19 era la excusa. Los hospitales fueron acusados de infectar intencionalmente o, peor aún, de matar a personas que tenían el virus. Esta conspiración fue autocumplida, a la vista de los conspiradores, mientras la gente sí moría en los hospitales. Sin embargo, debido a la conspiración, muchas personas se negaron a llevar a sus seres queridos a los hospitales hasta que estuvieron al borde de la muerte. Así, murieron en el hospital reforzando la idea de conspiración (Nuño 2020).

Las conspiraciones también circularon en los países de Asia Pacífico -en la era de las redes sociales, en las que muchas personas parecen buscar información que confirme sus prejuicios, la desinformación puede extenderse rápidamente y afectar las reacciones del público. Y, sin embargo, como se mostró arriba, a la región de Asia Pacífico le fue mucho mejor que a América o Europa. Aunque los informes de este volumen no son una mirada exclusiva o exhaustiva sólo de la covid-19, se explica parte de la variación en las reacciones de los países.

Económicamente, el costo de la pandemia también fue extremo. Las economías se desaceleraron en toda la región, lo que provocó una contracción o un crecimiento drásticamente más lento. En algunos países, como Indonesia, los líderes enfatizaron el costo económico de la covid-19 y al comienzo minimizaron el riesgo para la salud, con el fin de reducir los efectos en la economía. La mayoría de los otros líderes enfatizaron el riesgo personal, argumentando que la vida humana es más valiosa que una posible pérdida de negocios.

A medida que las tasas mundiales de vacunación comienzan a ascender, los países de Asia Pacífico han seguido diversas estrategias y buscando diferentes fuentes de vacunas. Singapur está produciendo su propio antígeno, Lunar. Los países más ricos, como Japón y Australia, están comprando vacunas directamente a Estados Unidos y Reino Unido. Los países más pobres, como Myanmar y Timor-Leste, dependen de la ayuda exterior. En Filipinas las empresas están ayudando a pagar un programa que espera vacunar a 25 % de la población para fines de 2021 (Dezan Shira y Associates 2021).

Seguridad humana

En mi primera ocasión como editor del Anuario comprendí, desde principios de 2020, que la covid-19 sería la historia principal. Tenemos la suerte de contar con Abraham Navarro García, egresado del Centro de Estudios de Asia y África de El Colegio de México y especialista en pandemias, quien accedió a escribir el artículo principal sobre esta nueva enfermedad. Su trabajo examina la covid-19 en el contexto de las relaciones entre China y Estados Unidos, en la contienda de dos grandes potencias que buscan la hegemonía. Como él dice, “la propia crisis parece estar amplificando las motivaciones nacionalistas entre los actores más relevantes de la arquitectura institucional de la gobernanza global de la salud”. Por lo tanto, la covid-19 es casi una guerra virtual por poderes, o tal vez reflejó un cambio de poder en el sistema global, ya que China buscó expandir su influencia, mientras Estados Unidos, en el último año de la administración de Trump, continuó reduciendo las responsabilidades internacionales como parte de la política “America First”. Tras las elecciones de noviembre de 2020, el presidente electo, Joseph Biden, prometió adoptar un enfoque más completo y basado en la ciencia para atender la covid-19, y ha declarado que Estados Unidos volverá a su compromiso con el mundo. Navarro muestra cómo un tema de seguridad humana global puede afectar las que se consideran relaciones internacionales más tradicionales. Ante una amenaza tan clara para las vidas humanas, pensé que los artículos sobre otros temas relacionados con la seguridad humana complementarían uno sobre la pandemia provocada por el virus SARS-CoV-2.

La seguridad humana surgió como una preocupación cada vez más importante tras el fin de la Guerra Fría y, según sus críticos, el énfasis en el poder y la seguridad a nivel estatal dejaban de lado consideraciones sobre el sufrimiento de las personas. En 1994 la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Resolución 66/290, diseñada para proteger y empoderar a las personas. El documento reconoce siete categorías de amenazas a la seguridad humana: económica, alimentaria, sanitaria, ambiental, personal, comunitaria y política (The United Nations 1994). Si bien no todo mundo está de acuerdo con la utilidad de un enfoque de seguridad humana (véase, por ejemplo, París 2001), desde su introducción se convirtió en parte del diálogo sobre seguridad en Asia Pacífico, aunque con prácticas variadas (Howe y Park 2017; Saul 2006).

Después de solicitar un artículo que aborda algunos elementos políticos sobre la covid-19, solicité el trabajo de otros autores que cubren la región Asia Pacífico para explorar aspectos adicionales de la seguridad humana que han llamado la atención en 2020. Carlos Mondragón escribe sobre los devastadores incendios forestales en Australia que dieron comienzo al año. Laura Carballido Coria lo hace sobre el conflicto religioso en la India en relación con las concepciones de ciudadanía y pertenencia, y sus opuestas, las concepciones de exclusión social. Sharyn Graham Davies escribe sobre seguridad humana en el contexto de la identidad sexual en Indonesia, un tema que ha llamado la atención ante el aumento percibido del islam político conservador en las elecciones de 2019 y el regreso de Habib Riziek, el líder del Frente de Defensores Islámicos.

Los climatólogos describen los efectos potencialmente devastadores e irreversibles del cambio climático y lo relacionan con, quizá, la amenaza más grave a la seguridad humana que enfrentarán los seres humanos. El consenso climatológico es que el comportamiento humano, incluida la liberación de carbono a la atmósfera, está provocando el calentamiento global y provocando condiciones meteorológicas extremas, incluidas tormentas más potentes, el derretimiento de los casquetes polares y el aumento del nivel del mar, la devastación en Australia debido a este patrón en el incremento de la temperatura y las sequías posteriores que trae.

Australia no fue la única víctima de estos terribles incendios. California y Oregón, en la costa del Pacífico de Estados Unidos, también fueron víctimas de un año más de destrucción debido a la sequía y los incendios forestales, al igual que Arizona, Nevada y Florida. Los incendios se desataron en Sichuan y la Gran Cordillera de Khingan en China, cerca de Pripyat, Ucrania -hogar de la planta nuclear de Chernóbil--, en Chipre, Turquía, Grecia, Tanzania y otros lugares. En Brasil, además de un caso ampliamente publicitado en el que se utilizó el fuego para despejar bosques vírgenes, los incendios forestales arrasaron los humedales del Pantanal. Estos incendios no sólo causaron una amenaza inmediata a la seguridad humana, con cientos de muertes y miles de personas desplazadas, sino que en algunos casos devastaron el medio ambiente natural, mataron animales salvajes -incluidas especies amenazadas o en peligro de extinción- y dejaron inutilizables o contaminadas la tierra y las vías fluviales.

El Sudeste Asiático no escapó a estos incendios. En el norte de Tailandia los expertos calculan que aproximadamente 20% de los bosques ha sido incinerado y que los incendios se han extendido por todo el país, incluido el istmo de Kra. El vecino de Tailandia, Myanmar, también ha experimentado incendios devastadores (McCann 2020). Aunque este año no fue particularmente malo para la neblina estacional que envuelve partes de Indonesia, Malasia y Singapur, debido a los incendios que se producen con el fin de despejar la tierra para la plantación de cultivos comerciales como la copra y la palma, estas amenazas persisten y tal vez se vean agravadas por una ley a favor de la inversión, aprobada en Yakarta en 2020.

El vínculo entre el empeoramiento de los incendios forestales y el cambio climático provocado por la actividad humana es claro. Y, sin embargo, los líderes políticos con frecuencia minimizan la amenaza por temor a que limitar las emisiones de carbono resulte perjudicial para los negocios.

Los dos últimos artículos se refieren a amenazas a la seguridad humana basadas en la intolerancia a la identidad religiosa o sexual. La intensificación del populismo y del nacionalismo se vuelve cada vez más ostensible en la derecha (Modi en India, Trump en Estados Unidos, Duterte en Filipinas, Bolsonaro en Brasil), y combinada con una tendencia hacia la disminución de los niveles de democracia en la región, ha renovado cuestiones de ciudadanía, identidad y derechos en varios países de Asia Pacífico.

Como muestra el artículo de Carballido Coria, la India de Modi es ilustrativa. Si bien el primer ministro y su administración han hecho caso omiso ante los actos de violencia, prejuicios y exclusión en contra de la minoría musulmana de la India, es la ley de Registro Nacional de Ciudadanos la que define con más fuerza quién es elegible para ser ciudadano y quién no. Este tipo de ordenanzas de exclusión puede ser defendido por otros que las apoyan como meras leyes, pero sus efectos son más generalizados y, a veces, siniestros, lo que lleva a deshumanizar a segmentos de poblaciones minoritarias y, por lo tanto, facilita o incluso justifica la violencia contra ellas.

La India ciertamente no está sola. Si bien la religión y la identidad han sido focos de tensión en el sur de Filipinas, el sur de Tailandia, Indonesia y otros lugares, éstas han adquirido una importancia particular en el estado de Rakhine, en el noroeste de Birmania. Al entrar en el quinto año de su conflicto actual, la etnia de los ruaingás, predominantemente musulmana, ha sufrido durante décadas la persecución bajo el Estado birmano y no cuenta con derecho de ciudadanía. Este Estado obstaculiza su reclamo de educación y empleo, y ha tenido como resultado un ciclo de pobreza. Además, en 2017 el gobierno y el ejército birmanos iniciaron una campaña de limpieza étnica que ya se ha considerado genocidio, matando indiscriminadamente pueblos enteros y obligando a los ruaingás a convertirse en desplazados, muchos de los cuales han buscado refugio por tierra en el vecino Bangladesh o han huido por mar, frecuentemente en botes y balsas no aptas para navegar.

Asimismo, prosigue la campaña contra la etnia uigur en la provincia china de Xinjiang. Grupos de derechos humanos han denunciado su persecución, que incluye el confinamiento forzado en campos de “reeducación”, diseñados para eliminar el islam y forjar ciudadanos chinos “adecuados”. Un informe de 2020 consignó la esterilización forzada en la región -una táctica que Indonesia utilizó en Timor-Leste después de su invasión- y argumentó que las políticas de China equivalen a un intento de genocidio (Zenz 2020).

La etnicidad también se ha convertido en un problema en Asia y en América. Tras el asesinato de George Floyd a manos de la policía de Minneapolis, el amorfo movimiento Black Lives Matter surgió para conducir protestas callejeras en todo Estados Unidos y una renovada discusión sobre su racismo sistémico. En 2020 continuaron las protestas y los procedimientos legales de la población papúa de Indonesia contra el maltrato y el racismo sistémicos. Siguiendo el modelo del movimiento estadunidense, en 2019 surgió Papuan Lives Matter.

La persecución basada en la identidad sexual es otra amenaza para las personas en la región. Los Estados tienen varios niveles de discriminación oficial y no oficial hacia las minorías sexuales o las personas LGBTQ, algunos basados en códigos legales que se remontan a la época colonial. A menudo impulsada por un aumento del populismo o el nativismo y el fundamentalismo religioso, esta persecución puede servir para deshumanizar a las personas LGBTQ y dejarlas vulnerables ante las amenazas y la violencia. Graham Davies examina ese punto y las amenazas en el contexto del creciente conservadurismo en Indonesia. Ella destaca una paradoja: un alza de los valores democráticos al mismo tiempo que una profundización de la intolerancia. Su artículo describe esta creciente intolerancia, así como el papel de la policía -una institución estatal encargada de defender la ley, pero, como ella argumenta, validando su “derecho” a la vigilancia moral. Por tanto, como se muestra en otra parte de este volumen, el propio Estado se ha convertido en la principal amenaza para (algunos de) sus propios ciudadanos.

La paradoja percibida en la democracia combinada con el deterioro de los derechos individuales o las amenazas a las minorías no es nueva. Sobre las “minorías dominantes del mercado”, en su libro World On Fire Amy Chua mostró cómo la democracia puede conducir a una “tiranía de la mayoría” y a dejar a las minorías desprotegidas (Chua 2004). Es bueno recordar que la última crisis ruaingá comenzó después de la reforma en Birmania, y que Duterte, con sus ejecuciones extrajudiciales de presuntos narcotraficantes, consumidores de drogas y enemigos políticos, fue elegido democráticamente.

Los teóricos de la democracia han escrito durante mucho tiempo sobre la fragilidad de las nuevas democracias, pero también sobre la tendencia hacia la democracia “antiliberal” en la “tercera ola”. En lugar de una democracia “social” o “participativa” más profunda, vemos una democracia procesal. Hay elecciones y el partido en el poder puede cambiar, pero elementos de una democracia más arraigada, que proteja a las minorías o las redes de seguridad social, no forman parte de la ecuación (Schmitter y Karl 1991; Zakaria 1997).

El populismo, ampliamente definido, se cita con frecuencia como culpable. Apelar a las mayorías -que es como se ganan las elecciones- y hacer de las minorías un “otro”, como señalan Graham Davies y Carballido Coria, permite la discriminación y los malos tratos.

En 2017, en su artículo “Votar contra el desorden”, Thomas Pepinsky reflexionó sobre el aparente deslizamiento hacia el autoritarismo y el populismo y el alejamiento de la democracia (Pepinsky 2017). En una comparación de Filipinas, Tailandia e Indonesia argumentó que los ciudadanos de estos países están favoreciendo el “orden sobre la ley”, una tendencia que equipara a Filipinas bajo Marcos, Indonesia bajo Suharto y las administraciones militares posteriores al golpe de Estado en Tailandia. De ahí la capacidad del gobierno de Duterte de permitir ejecuciones extrajudiciales de presuntos traficantes y consumidores de drogas, incluidos enemigos políticos, sin enfrentar ningún costo político. Las ejecuciones extrajudiciales son, por supuesto, técnicamente ilegales en Filipinas.

En las Filipinas de Duterte y en otros lugares la apelación proviene de una ciudadanía que cree que la ley no ha sido eficaz para resolver problemas como el desorden y la corrupción. Los medios extrajudiciales se consideran una solución, aunque esto no sea un buen augurio para el Estado de derecho o la democracia. Como sugieren algunos de los artículos de este volumen, las minorías están realmente en riesgo y las democracias parecen superficiales. Y como muestran algunos de los informes, parece que algunos países de la región aprovecharon las medidas impuestas con el fin de frenar la expansión de la covid-19 para aprobar leyes impopulares o forzar la ventaja contra partidos de oposición.

Con el título “La democracia bajo asedio”, el informe de Freedom House de 2020 señala que tres cuartas partes de la población mundial vive en áreas donde la libertad está disminuyendo (Repucci y Slipowitz 2021). Gran parte de esta disminución se encuentra en Asia Pacífico. La represión en China contra los manifestantes de Hong Kong fue un factor en su calificación reducida. India pasó de ser libre a parcialmente libre, en parte debido a la persecución de las minorías religiosas. Filipinas, Singapur, Tailandia, Vietnam, Camboya, Myanmar, México, Indonesia y Laos vieron caer sus calificaciones en 2020, y Estados Unidos también continuó disminuyendo bajo la administración Trump. Corea del Sur, Australia, Micronesia, Palau y Japón mantuvieron sus calificaciones altas, y Corea del Norte mantuvo 3 de calificación -entre las más bajas. Nueva Zelanda subió con dos puntos a un 99 casi perfecto, sólo superada por los países del norte de Europa, Finlandia, Noruega y Suecia, y Taiwán subió con un punto más a 94.

Aun así, es posible que haya espacio para la esperanza. Mientras Freedom House aún califica a Malasia como “parcialmente libre” y perdió un punto en 2020, el gobernante Barisan Nasional -de la coalición que había gobernado Malasia desde la independencia- fue derrotado por una nueva coalición, Pakatan Harapan, y removido mediante el voto en 2018. El ex primer ministro Najib Razak, un cuadro de Barisan Nasional, fue encarcelado por corrupción en julio de 2020. Así se cumplieron dos elementos de la democracia: una transición pacífica del liderazgo político y la rendición de cuentas. Timor-Leste ganó un punto y sigue siendo el país mejor clasificado por Freedom House en el Sudeste Asiático, lo que contradice a los expertos que predijeron un caos después del referéndum de 1999.

La pobreza, otro elemento de la seguridad humana, sigue siendo un desafío, ahora exacerbado por la pandemia de covid-19 para muchos países de Asia Pacífico. Un informe del Banco Mundial de octubre de 2020, titulado “De la contención a la recuperación”, muestra algunos datos alarmantes, incluido el triple shock de la pandemia en sí, las consecuencias de los cierres económicos ocasionados por el SARS-CoV-2 y las reverberaciones de una recesión global inducida por su expansión (World Bank 2020, 1). Aunque, como se señaló anteriormente, la región no sufrió en la medida en que lo hicieron otras (en particular, Estados Unidos, Brasil y México), el informe señala que, en su conjunto, ésta crecerá sólo 0.9 %. Con China, al 2%, fuera de la región, la economía se contraerá hasta en 3.5%. Se prevé que el crecimiento vuelva en 2021 -aunque esto dependa de algunos factores que el informe no pudo haber considerado, como mutaciones del virus que pueden ralentizar la recuperación-, pero 2020 aún resultó en una intensificación de la pobreza y una disminución de la seguridad humana en toda la región. Los efectos de esta contracción repercutirán durante la próxima década.

A pesar de la covid-19, las preocupaciones de seguridad tradicionales permanecen en Asia Pacífico. El Quad (Australia, India, Japón y Estados Unidos) se reunió virtualmente en tres ocasiones en 2020. Uno de los objetivos del Quad es equilibrar la influencia de China en la región por medio del compromiso con la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ANSEA) y condenando los reclamos de China en el Mar de China Meridional, la “línea de nueve guiones”. Los miembros del Quad discutieron las operaciones ante la covid-19 y la vacunación; la respuesta coordinada y cooperativa es una forma en que el Quad y la ANSEA pueden potencialmente profundizar los lazos y la cooperación. Pero si China tiene una recuperación económica más rápida, puede llevar a algunos miembros de la ANSEA o Estados insulares del Pacífico a ser atraídos en su dirección en busca de ayuda y apoyo (Mathur 2020).

Informes: covid-19, China, cambio y continuidad

Por supuesto, la covid-19 ocupa un lugar preponderante en los informes de este número, pero también lo hace China. Como se mencionó anteriormente, algunos países parecen estar logrando avances políticos y económicos, como Vietnam, mientras que otros parecen deslizarse hacia el autoritarismo o hacia un autoritarismo más profundo. Aunque la pandemia ha afectado la economía de cada país, algunos están peor que otros. A los que evitaron una infección generalizada parece que les ha ido mejor económicamente, y a los que lucharon por contener la covid-19 les fue peor. El adagio “cambio y continuidad” ciertamente también se aplica a 2020.

El informe de Maria Ortuoste señala el declive de la democracia en Filipinas y muestra un “descenso a la dictadura”. Allí, la pandemia ha permitido al presidente Duterte consolidar aún más su gobierno, además de llenar la Corte Suprema y demonizar a sus enemigos políticos. La pandemia, argumenta Ortuoste, expuso la debilidad del sistema de salud filipino y representó un tremendo desafío para la economía. En política exterior, sostiene que el enfoque pragmático de Duterte hacia China no ha proporcionado ningún beneficio. Y los derechos humanos y la seguridad están en peligro: continuaron las ejecuciones extrajudiciales de presuntos traficantes y consumidores de drogas; al igual que las de activistas ambientales, la libertad de prensa está amenazada, y existe el temor de que se abuse de una ley antiterrorista considerada “demasiado amplia y vaga”. Quizá exista un rayo de esperanza para la paz en el sur con la Región Autónoma de Bangsamoro del Mindanao musulmán, aunque ese proyecto también enfrenta desafíos.

En su ensayo sobre Singapur, Norman Vasu señala que la ciudad-Estado experimentó algunos trastornos con la pandemia, pero sólo cambios menores en el statu quo. Señala la experiencia de este país con una epidemia anterior (la del SARS) y, a pesar de la propagación temprana de la covid-19, especialmente entre los trabajadores inmigrantes, la reacción singapurense permite dar pasos hacia la normalidad. La pandemia parece haber sacado a la luz la xenofobia y las protestas de Black Lives Matter en Estados Unidos han propiciado más discusiones sobre las preocupaciones de las poblaciones minoritarias de Singapur. Desde su independencia, el partido gobernante en este país -el PAP- perdió terreno en las elecciones generales de 2020, quizá en parte por las restricciones que supuso la pandemia. Vasu menciona también la continuidad de las buenas relaciones de Singapur con sus vecinos cercanos y la estabilidad constante respecto a las relaciones con China y Estados Unidos.

Aunque Japón comenzó 2020 con grandes esperanzas, durante el mismo año vio la renuncia del primer ministro Shinzo Abe y la cancelación de los Juegos Olímpicos. El mandato de Abe terminó entre dudas sobre su respuesta inicial a la pandemia, pero también con sospechas de corrupción sobre su manejo de la economía y los asuntos exteriores. Como señala Alfredo Álvarez Pérez, no obstante el cambio de liderazgo, hubo mucha continuidad a pesar de cierto estrés con China. La ciberseguridad y el deseo de Washington de exprimir a China también afectaron a Japón. Y conforme se acercaba el décimo aniversario del tsunami de Fukushima, Japón seguía desconfiando de los desastres naturales y del calentamiento global.

En su informe, Marisela Connolly destaca la centralidad del líder chino, Xi Jinping. Al igual que las de otros países de Asia Pacífico, la economía de China se vio afectada por la pandemia, incluida una contracción a principios de 2020. Reconociendo a este país como la fuente del nuevo coronavirus, la autora señala el intento inicial de China de reprimir la información y las intenciones posteriores de corregirla, así como de enfrentar la crisis a fines de enero, incluido el cierre de la ciudad de Wuhan. El coronavirus también afectó las relaciones exteriores de China y exacerbó su conflicto con Estados Unidos por la hegemonía, pero benefició a algunos otros, como Vietnam y México. Hong Kong siguió envuelto en manifestaciones.

Como señalan Alberto Fidalgo Castro, Kelly Cristiane da Silva y Ana Carolina Ramos, el país más nuevo de la región, Timor-Leste, experimentó algunos problemas económicos generados políticamente. Se creó un fondo para la covid-19, parte del cual se destinó al mantenimiento de las rutas aéreas a Timor-Leste -con pasajeros ausentes, el país todavía necesitaba importar bienes-, así como a ayuda interna. Estos problemas exacerbaron algunas tensiones, llevaron a una reorganización parlamentaria e ilustraron que gran parte de la élite de la vieja guardia del país sigue siendo políticamente influyente. La pandemia también generó algunas preocupaciones económicas que se vieron agravadas por las fluctuaciones mundiales en el precio del petróleo crudo, la principal exportación del país de la que depende su economía.

Como escribe Juan Felipe López Aymes, Corea del Sur es percibida como un modelo de respuesta exitosa a la covid-19; además, un nuevo sistema electoral recompensó al Partido Demócrata con una mayoría, aunque persistieron algunos escándalos y surgieron otros nuevos. El uso generalizado de pruebas de detección y el cumplimiento de las medidas para limitar las reuniones sociales fueron eficaces. Si bien la economía coreana en su conjunto sigue siendo sólida en comparación con algunas otras, varios sectores se han visto mucho más afectados que otros -como las industrias aeronáutica y automovilística-, y el Estado ha intervenido con medidas para estabilizar el empleo y la recuperación económica. Respecto a las relaciones internacionales, señala que la elección de Joe Biden puede ayudar en los asuntos entre Corea y Japón, con el objetivo de equilibrarse contra China. La demanda de la administración de Trump por la desnuclearización de Corea del Norte no tuvo éxito, pero el Sur continuó con las propuestas y el diálogo. Sin embargo, el asesinato de un funcionario surcoreano a manos de soldados del Norte aumentó las tensiones.

Chris Lundry señala cómo en Indonesia se politizó la respuesta a la covid-19, lo que generó críticas al presidente Joko Widodo y un impulso para su rival, el alcalde de Yakarta. La respuesta a la pandemia no estuvo coordinada e incluyó a algunos funcionarios que ofrecieron consejos cuestionables para prevenirla. El papel principal desempeñado por las fuerzas armadas en la respuesta a la pandemia hace que algunos observadores cuestionen, entre otros asuntos, el proceso de democratización y los compromisos de Indonesia de sacar a las fuerzas armadas de la política. Continuaron las tensiones étnicas hacia los papúes. El gobierno adoptó un enfoque de dos frentes para las relaciones con China, pero es probable que se mantenga escéptico respecto al Quad y es posible que busque enfrentarlo con China para obtener ventaja.

John Marston expone cómo en Camboya continúa la persecución del partido de oposición CNRP, en tanto que la Unión Europea suspendió un acuerdo comercial -quizá acercando Camboya a China. El primer ministro camboyano Hun Sen mostró su apoyo a China en el contexto de la pandemia y recibió asistencia de otros países y organizaciones internacionales. La contracción de la economía en Camboya ha producido un aumento de las dificultades para su población. Los derechos humanos siguen siendo un problema. La reducción del caudal del Mekong en 2020, provocada por las represas río arriba, dio lugar a sequía y podría convertirse en una calamidad ecológica en el largo plazo.

En Taiwán, la presidenta Tsai Ing-wen fue reelegida en enero e implementó políticas exitosas para frustrar la propagación de la covid-19 y mantener la economía. Como reporta Itzel Martínez Ruiz, las tensiones con China aumentaron cuando Estados Unidos utilizó a Taiwán para apalancar la presión e incluyó movimientos de tropas hacia el Estrecho de Taiwán e incursiones aéreas.

Tomando prestados símbolos de la cultura popular, José Ernesto Rangel Delgado cita las manifestaciones contra el gobierno militar y la monarquía, que continúan en Tailandia mientras el rey escapa de la pandemia en una lujosa villa en Alemania. Aunque dichas manifestaciones están vinculadas a movimientos de protesta más amplios en otros lugares, también enfrentan la oposición de los partidarios del rey en Tailandia. La ANSEA sigue siendo el foco más importante de la política exterior del país. La pandemia ha puesto en peligro a los trabajadores migrantes y a los residentes apátridas de Tailandia, ha provocado una grave crisis económica y ha conducido a la intervención estatal para paliar la situación de los más empobrecidos.

Por su parte, Vietnam -que ocupó en 2020 la presidencia de la ANSEA y se incorporó al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas por un periodo- celebró un acuerdo comercial con la UE que manifestó la confianza del bloque en una mejora de los derechos humanos, señala Maricela Mireya Reyes López. Las discusiones de la ANSEA en 2020 se centraron en la covid-19 y en su impacto económico, en tanto los reclamos de China en el Mar de China Meridional y la gestión del Mekong permanecerán en la agenda. Tanto Estados Unidos como Japón ocupan un lugar destacado en el panorama económico de Vietnam, y el éxito del país en la gestión de la pandemia, junto con sus otros logros, hace que el futuro vietnamita luzca brillante.

Mirar hacia el futuro

No hay duda de que 2020 pasará a la historia y será recordado como 1918 con su devastadora pandemia de influenza. El costo de vidas humanas y de la seguridad en Asia Pacífico, y, de hecho, en todo el orbe, fue devastador. En los meses y años venideros, esta pandemia será estudiada por los epidemiólogos de todas las nacionalidades, así como por los científicos sociales y otros, centrándose en cuáles políticas funcionaron y cuáles no -así como otros factores, como la pobreza y la cultura, que pueden haber repercutido en las tasas de la enfermedad y el número de muertes.

Las amenazas a la seguridad humana, ya sean ambientales, epidemiológicas o diseñadas por humanos e implementadas por medio de políticas, sin duda persistirán. ¿Tendrán los Estados la voluntad -o serán capaces- de contener algunos de los problemas urgentes como el cambio climático? ¿Continuarán el populismo, el nativismo y la persecución de las minorías y la demonización de los inmigrantes? Con las graves consecuencias ecológicas que se avecinan, queda por ver si los líderes están a la altura.

Y, sin embargo, persisten los problemas tradicionales. La recuperación económica después de la pandemia, el establecimiento de vínculos con otras naciones y los temores por la seguridad seguirán siendo las principales preocupaciones de Asia Pacífico. China sigue proyectando una larga sombra en la región. Un nuevo liderazgo en Estados Unidos ¿cambiará algunas de estas relaciones en Asia Pacífico y les dará una perspectiva diferente?

Cómo se verá la región Asia Pacífico -y el mundo- cuando termine la pandemia es una incógnita.

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Cómo citar
Chris Lundry. 2021. "Introducción". Anuario Asia Pacífico El Colegio de México, 2021: 1-19. https://doi.org/10.24201/aap.2021.316
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